martes, 11 de agosto de 2015

El Poblado del Salto: Una joya a los pies de la presa de Aldeadávila

«No lo busque dentro de un baúl. Este tesoro no es de oro ni de plata. No le proporcionará riqueza, pero le hará sentir extraordinariamente afortunado. Es un tesoro para el alma y los sentidos. Un tesoro enclavado entre enormes y escarpados precipicios que asoma su rostro hacia las bellas y sosegadas aguas del Duero. Un tesoro de paz y libertad. Un tesoro conocido como Poblado de La Verde».


Arribes del Duero. Agosto del 2015. 

Me subo a la bici y doy la primera pedalada. La pantalla del ciclocomputador indica que son algo más de las 15:30. Hace calor. El cielo luce totalmente limpio, si acaso alguna nube despistada corretea por el azul y brillante firmamento. Estoy en la senda GR-14 recorriendo el antiguo camino que conduce de Vilvestre a Mieza. Me dirijo al Poblado del Salto de Aldeadávila, a unos 20 kilómetros de donde ahora me encuentro. En el arenoso suelo, como recuerdo de mis anteriores salidas, permanecen dibujadas las huellas de mis viejos y cansados neumáticos.


Llego a Mieza. Me deslizo a través de algunas estrechas y frescas callejuelas. A ambos lados de la calzada numerosas flores penden de los bellos balcones en las pequeñas casas de piedra e inundan el ambiente con su perfume.


Dejo atrás Mieza y con ello el dulce aroma. Pedaleo a lo largo de una carretera que discurre entre un enorme manto bordado de una dorada y fina hierba que es mecida por el viento. A través de una serie de leves subidas y bajadas cruzo el mar de oro. Alcanzo una bifurcación. Tres opciones: al frente, la Zarza de la Pumareda; a la derecha, la carretera general; el de la izquierda carece de señalización. Es el que lleva al tesoro.


Ahora la carretera pica hacia abajo. Me lanzo rápidamente por el irregular asfalto. 30, 40, 50... La velocidad aumenta vertiginosamente en el cuentakilómetros. A medida que desciendo por la larga y serpenteante carretera el paisaje cambia. La vegetación, ahora mucho más espesa, se difumina a ambos lados.


El pavimento mejora. Circulo entre enormes acantilados tapizados de verde. Numerosas aves rapaces dibujan círculos sobre mi cabeza. Un fuerte viento de cara intenta poner freno a mi raudo descenso y me obliga a estar alerta. A la diestra, amenazantes salientes rocosos se proyectan en algunos puntos hacia la carretera. A la siniestra (y nunca mejor dicho), se dibuja una larga y empinada caída hacia el fondo del valle. Un pequeño error y las cosas se pondrían feas.


Disfruto la bajada tratando de guardar en mi recuerdo cada uno de los metros que recorro: los viejos ejemplares de olivos, robles, encinas y pinos a ambos márgenes de la vaguada, el calor que desprenden las paredes de granito a mi alrededor, una solitaria y pequeña nube blanca que corona un gigantesco cantil que se alza al frente en lo que ya son tierras portuguesas... Sin duda este es uno de los mejores instantes que he vivido sobre una bici.


«Una curva, otra curva y el tesoro...» 

Tomo una cerrada curva a derechas y lo veo. A los pies de un precioso y escarpado valle descansa, junto a las aguas del Duero, el Poblado de la Verde. Al fondo, a mucha más altura de la que ahora me encuentro, se alza orgullosa la subestación eléctrica de Aldeadávila, tras la cual se encuentra la famosa presa (también conocida como salto) que lleva el mismo nombre. Decido que, antes de visitar el poblado, ese será mi primer destino, así que emprendo la subida.


Salto de Aldeadávila. Al fondo puede verse la subestación electrica
Son poco más de las 16:00 y el GPS (no sé lo fiable que será este chisme) indica que la temperatura es superior a los 40ºC. Lo cierto es que hace mucho calor. Paso junto a un enorme túnel y la cosa empieza a ponerse seria al alcanzar pendientes superiores al 10 %. Y ahí no acaba la cosa. Para ponerlo más interesante, la carretera por la que ahora asciendo no tiene el mejor de los asfaltos y en ella las únicas sombras que se proyectan son las del enorme ejército de torres de alta tensión que se alzan a mi alrededor. Pienso que en peores me las he visto y sigo pedaleando por la serpenteante carretera de tipo herradura. Una curva, otra curva, un kilómetro, otro kilómetro...


Durante la ascensión, las vistas son magníficas e inolvidables. La paz absoluta. El silencio únicamente se ve turbado por el ruido del cableado eléctrico. Paso junto a los enormes muros de la subestación eléctrica. Estoy muy cerca de la cima. Tomo la última curva y llego al edificio de control de la central. Misión completada. Bajo de la bici. Cargo con ella y continúo por unas escaleras de piedra que están a mano derecha y conducen a los miradores.


Subestación de Aldeadávila
Llego al mirador. Apoyo la bici y alzo la vista. Ante mí, el cuadro es inmejorable: entre enormes farallones de piedra pulida y, contenidas tras la enorme presa de Aldeadávila, descansan las aguas color esmeralda del Duero, aguardando pacientemente su oportunidad para huir, aguas abajo, como una salvaje fiera que espera su ocasión para escapar de su jaula.

El Duero desde el mirador de la subestación
Presa de Aldeadávila
Desde el otro mirador, la presa luce aún más espectacular. Con sus 139,50 metros de altura, el enorme titán de hormigón es la obra hidroeléctrica más importante de España tanto a nivel de potencia instalada como de producción de electricidad. Construida entre 1956 y 1963 fue inaugurada en el año 1964. Posee una capacidad total de 114,3 hm3 de agua y está preparada para desaguar ¡11000 m3/s!.


Una presa de cine, y no es para menos, ya que aquí se rodaron algunas de las más famosas escenas del cine, como el final de La Cabina, dirigida por Antonio Mercero e interpretada por el magnífico José Luis López Vázquez, o la ganadora de 5 premios de la academia Doctor Zhivago, dirigida por David Lean y protagonizada por el gran Omar Sharif.


Sin duda, el esfuerzo para llegar aquí arriba había merecido la pena con creces. Pero para mí la película no había terminado. Debía escribir las últimas líneas del guion, y estas tendrían lugar en el Poblado de Presa. Nuevamente me monté en la bici y me dirigí hacia él. Durante la bajada, aproveché para fotografiar los sitios que había visto durante la subida: la subestación eléctrica, las torres de alta tensión, la entrada al túnel, alguna bella vista del poblado y numerosos carteles.

En la subestación de Aldeadávila
Y así, amigos míos, es como se pasa la electricidad de España a Portugal
El Poblado de La Verde desde la bajada de la subestación eléctrica

Tras ello, alcancé el bello pueblo de casitas blancas y tejados naranjas levantado años atrás por Iberdrola con el fin de dar cobijo a las familias de los obreros que participaron en la construcción de la presa. Circulé por sus calles. El lugar, perteneciente al ayuntamiento de Aldeadávila de la Ribera, permanecía en silencio absoluto. Me detuve en las afueras de una bella hospedería construida hoy en el rincón donde antaño se situaba el Convento de La Verde o Santa Marina de La Verde, paraje de una trágica leyenda que algún día os contaré y que fue abandonado tras la desamortización de Mendizábal. Envidié a los 21 afortunados habitantes (INE 2014) que actualmente residen en este bello rincón y emprendí el camino de vuelta a casa...

El Poblado de La Verde
La bella hospedería del Poblado de La Verde. Construida en el antiguo Convento de La Verde





PD: Os dejo una captura de la ruta y la ubicación del lugar en Google Maps.

La ruta en Strava



11 comentarios:

  1. Mágnifica descripción y bellísimas fotos.
    ¡Enhorabuena!

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    1. ¡Muchísimas gracias! Pronto volveré a publicar nuevas entradas. :)

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  2. Precioso ciclo tour y muy buen reportaje gráfico y literario.

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    1. ¡Gracias por el comentario! Por diversos motivos no he podido publicar en estas últimas semanas. Afortunadamente, ahora dispongo de tiempo suficiente para trabajar en las próximas entradas. :) ¡Espero que las disfrute!

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  3. Maravilloso paisaje, y maravillosos recuerdos.
    fabuloso !!! gracias por la visita !!!

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    1. ¡Muchas gracias por el comentario! Espero que las próximas entradas que publicaré próximamente sean también de su agrado. :)

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  4. Muy bien narrado. Un tesoro escondido que muy pocos conocemos. Ruta muy recomendable, pero mejor hacerla con la fresca. Lo único puntualizar que el poblado era solo para técnicos y ingenieros. Los obreros descansaban en barracones, ahora destruidos, digo esto no sea que alguno pudiera pensar que las condiciones de trabajo fueran ideales, de hecho decenas de trabajadores perdieron la vida.

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    1. ¡Gracias por el comentario! Sin duda Las Arribes en general y el Poblado en partícular son lugares maravillosos que sin duda serán tema de mis próximas entradas. :)

      Pd: Gracias también por su aportación sobre este bello e idílico lugar que de seguro oculta también historias de sufrimiento y dolor.

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  5. Qué recuerdos.....de pequeño (7-8 años hasta los 12) pasaba unas semanas entre Julio-Agosto en este poblado, mi tío trabajaba allí y pasaba unos días en vacaciones. Aquel poblado era precioso con árboles frutales, tenia zona de ocio, piscina, fronton-tenis etc.....qué maravilla el ver estas fotos de nuevo. Por cierto yo también practico mtb aunque vivo en Madrid, pero mi pueblo es Villarino de los Aires, tengo pendiente hacer esta ruta que has puesto cuando baje a Villarino. Un saludo

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    1. ¡Gracias por el comentario! Me alegro que haya disfrutado del artículo tanto como yo lo he hecho en este maravilloso lugar. Por diversos motivos, no he podido publicar últimamente pero retomaré esta costumbre nuevamente. También conozco Villarino y aunque todavía no lo he podido recorrer en bici queda pendiente una entrada sobre el pueblo para el verano que viene (paso los veranos en las Arribes).
      Del mismo modo, estoy muchas veces en Madrid así que espero que nos encontremos algún día compartiendo esta afición. :)

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