Partida de Aldeadávila
El aroma a pan recién hecho inundaba la pequeña plaza situada junto al centro BTT de Aldeadávila de la Ribera. Era temprano, razón por la cual el lugar estaba completamente desierto en esa mañana de verano. Con sus más de 70 kilómetros, el trayecto que me disponía a hacer era el más largo de todos cuantos formaban la red de rutas BTT del oeste salmantino.
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Centro BTT de Aldeadávila de la Ribera |
Ya estaba listo, así que me puse el casco, ajusté la mochila, introduje las calas en el pedal de la bicicleta e inicié la marcha bajo la atenta mirada de la estatua del cabrero que se alza en lo alto del monumento que se erige en la plaza.
Por una de las numerosas callejuelas me alejé del pueblo rápidamente. La estampa era bonita: era una mañana de esas de cielo azul y enormes nubes blancas. A ambos lados de la pista de tierra por la que circulaba, el ganado descansaba apelotonado bajo los viejos ejemplares de encina, olivo y nogal. En otros puntos, la vid, de un verde muy intenso, destacaba entre el dorado pasto que se abría hacia el infinito. Al frente, en la lejanía, podía intuir el valle por el que discurría el Duero, y más allá, las tierras portuguesas.
Pedaleé a través de incontables subidas y bajadas que me llevaron a pasar por numerosos bancales, prados y viñedos.
No tardé mucho en encontrar una señal que indicaba que estaba cerca de mi primera parada: el Picón de Felipe. Para llegar a él tuve que pasar al otro lado de un rústico portal construido a partir de algunos troncos clavados entre sí. Tras el portal me esperaba un estrecho sendero de piedra suelta e innumerables saltos.
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Llegando al Picón de Felipe (Aldeadávila de la Ribera) |
El Picón de Felipe
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El Picón de Felipe (Aldeadávila de la Ribera) |
Estaba ya en el Picón de Felipe. Con cuidado, dejé la bici a un lado y me asomé al mirador. El paisaje era inmejorable. A mis pies, entre enormes y afilados farallones, las aguas azules del Duero descansaban tras la presa de Aldeadávila, que lejos de ensuciar la panorámica la hacía aún más impresionante. Por todos lados, las águilas surcaban el cielo, dibujando trayectorias imposibles, y se posaban en los distintos nidos que colgaban de las gigantescas paredes de piedra. Sin duda, tal como descubrí allí, estaba ante un lugar de leyenda y con leyenda. Un rincón mágico, maravilloso e inolvidable que prometo mostraros con detenimiento en otra ocasión.
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El Picón de Felipe (Aldeadávila de la Ribera) |
Abandoné el Picón de Felipe por una empinada pista, similar a una antigua calzada romana. Para cuando lo logré, llevaba poco más de una hora sobre la bicicleta y el calor de agosto empezaba a hacerse sentir.
Durante un rato, circulé bajo unas gigantescas líneas de alta tensión procedentes de la subestación de Aldeadávila (estaba muy próximo al
Poblado de la Verde, un bello lugar al que ya he dedicado una
entrada anterior).
Continué mi trayecto. Junto a un abrevadero, el camino abandonaba la pista por una especie de sendero a la izquierda. Una delgada línea de tierra que discurría entre matorrales, encinas y algún que otro olivo era lo único que tenía para guiarme. Lo recorrí a toda velocidad. Para cuando volví a la pista, llevaba realizados algo más de 17 kilómetros.
La ruta era ahora menos empinada, y los senderos estaban en buen estado, por lo que no tardé demasiado en distinguir el municipio de La Zarza de Pumareda en la distancia. Un bello lugar que visitaría más tarde. Antes tenía que hacer parada en la preciosa Mieza.
En Mieza
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Junto a la cruz en Mieza |
Llegué a Mieza por su parte noreste, a través de una pista de tierra con una gran cruz de piedra. Recorrí sus calles, estrechas e inundadas de flores (el aroma de Mieza es sin duda perfume de flores), y finalmente me detuve en la zona de descanso del centro BTT, situada junto a la plaza. La plazoleta estaba bastante animada. Algunos niños jugaban en las escaleras de la iglesia del pueblo, un bonito edificio con un campanario de tres campanas situado junto al ayuntamiento. Frente a la iglesia, otro grupo de niños correteaba en torno a una fuente, situada al lado de un lavadero cuidadosamente pintado.
En Mieza existen dos de los sitios de visita obligada de las Arribes del Duero: el
Mirador de la Code y
La Peña del Águila. Ambos lugares ofrecen unas de las mejores vistas de toda la zona, y son, a su vez, dos de las variantes de esta gran ruta BTT (espero publicar ambas en las próximas entradas).
Tras el bocata, me subí a la bici de nuevo y continué dando pedales. La ruta partía desde la plaza y se dirigía a la zona de El Carrascal, un hermoso paraje con multitud de alcornoques y enormes rocas de granito. La paz era absoluta, y a pesar del bochorno que precede a la tormenta (lo último que necesitaba) disfruté mucho de lugar.